Diez años de ChatGPT: el impacto de la IA en el periodismo

De 12 de agosto de 2025Tinta fresca

IA ¡Ay!

Michael Pérez de los Riscos, ex CEO del Grupo Fullnews 

30 de noviembre de 2032

 

Me piden de la newsletter IA ¡Ay! que escriba un análisis sobre el impacto de la inteligencia artificial en los medios de comunicación para conmemorar el décimo aniversario del lanzamiento del chat conversacional Chat GPT. Lo primero que he hecho ha sido pedir ayuda a mis tres plataformas de IA preferidas (reasoners, por supuesto), que después de un buen rato de reflexión algorítmica me han proporcionado abundante documentación e información al respecto. Basándome en ello, y con la aportación adicional de mi experiencia profesional, me permito escribir sin ningún ánimo doctrinal las siguientes líneas.

La introducción de la inteligencia artificial en los medios de comunicación se produjo de forma progresiva desde la aparición de ChatGPT a finales de 2022. Inicialmente, fueron los redactores de base los que empezaron a usarla de forma más o menos subrepticia para mejorar sus informaciones, transcribir entrevistas, editar imágenes y audios o traducir textos. Después los gestores de los medios asumieron que la IA aportaba ventajas para la optimización del SEO, el análisis de audiencias o la personalización publicitaria, y la fueron incorporando progresivamente a su rutina diaria.

Ya en 2025, casi el 70% de los medios de comunicación españoles admitían usar de forma sistemática la inteligencia artificial. Ese mismo año, dos experiencias icónicas contextualizaron el desarrollo de la IA en el sector.

  • En Italia, el diario Il Foglio publicó durante un mes un suplemento diario de cuatro páginas elaborado íntegramente con inteligencia artificial. El suplemento publicó análisis y reportajes sobre Putin (antes del atentado), la crisis de la economía italiana y las nuevas relaciones sentimentales de los jóvenes, entre otros muchos temas de interés. Los textos generados por la IA para el periódico tenían una estructura clara y eran notables desde el punto de vista sintáctico y gramatical, pero no incluían citas directas o testimonios personales que son la sal de muchas piezas periodísticas convencionales.
  • En Alemania, el diario regional Unsere Leute se declaró libre de IA. Para acreditar que todos sus procesos sin excepción se realizaban sin la ayuda de la inteligencia artificial, el periódico contrató a una auditora de las Big Four. El experimento concluyó cuando se supo que todos los mecanismos de evaluación y verificación para obtener la certificación libre de IA habían sido generados exclusivamente con programas de inteligencia artificial.

Ninguna de las dos iniciativas tuvo éxito. Todo el mundo se hizo eco de ellas pero nadie las replicó.

Mismo trabajo (o más), menos gente

Al margen de estas experiencias, en 2026 la inteligencia artificial se había instalado ya cómodamente en todas las redacciones y las empresas se dieron cuenta de que se podía hacer el mismo trabajo (o más) con menos gente, especialmente en las categorías laborales más básicas. Los programas de IA permitían sustituir con ventaja a los periodistas más junior en tareas rutinarias o de escasa cualificación. En consecuencia, muchos periódicos dejaron de fichar talento joven e invirtieron ese dinero en desarrollar programas de inteligencia artificial. Conforme avanzó la tecnología y las prestaciones de la IA se sofisticaron, el razonamiento se extendió a redactores más cualificados, que fueron despedidos o, en los casos de los más mayores, incentivados para que se prejubilaran.

En 2027, el número de periodistas que trabajaban en los medios de comunicación españoles se redujo un 15% respecto al año anterior. El ajuste de empleo también afectó, aunque en menor medida, a las áreas no periodísticas de los medios, incluyendo sorprendentemente a los equipos de apoyo informático, que se adelgazaron ante la evidencia de que la IA escribía código de forma mucho más barata y rápida.

En un movimiento paralelo, aunque en apariencia desconectado, las métricas internacionales para evaluar a las empresas cambiaron notablemente, en parte por la influencia de Donald Trump. Si hasta entonces las empresas se valoraban en función de sus ingresos, de sus beneficios o de su capitalización en bolsa, la irrupción de la IA generó una nueva métrica clave para medir la productividad: ingresos por empleado (en inglés, revenue per head o RPE). Se inició así una carrera en la que determinadas empresas, sobre todo en el sector tecnológico, apalancadas en la inteligencia artificial, generaban unos ingresos anuales recurrentes por trabajador de más de 100 millones de dólares, nunca vistos. Trump llegó a decir que la ratio de 1.000 millones por empleado era posible y deseable.

Ganancias de productividad

Esa tendencia se filtró hacia los grupos de comunicación, especialmente hacia los cotizados en bolsa, que durante un tiempo exhibieron los incrementos en su RPE como una demostración de sus ganancias de productividad, aunque la mejora procedía no tanto de una elevación de los ingresos (el numerador de la ratio) como de la reducción de su plantilla (el denominador).

Sin embargo, la moda de la ratio RPE en los medios duró poco. No solo por la oposición radical de los sindicatos, las reticencias dentro de las redacciones o la desconfianza de las audiencias; las empresas se dieron cuenta de que el modelo no funcionaba. Frente a los apóstoles de la eficiencia y la productividad, el grupo Fullnews (perdón por la autorreferencia)  fue uno de los primeros en percatarse de que la sustitución masiva de periodistas y otros trabajadores de los medios de comunicación por programas avanzados de inteligencia artificial generaba pérdida de reputación y de calidad de su oferta informativa.

Ante la evidencia de que sus productos eran cada vez más impersonales y menos auténticos, en 2029 casi todas las cabeceras importantes revirtieron parte de su política de recursos humanos. Empezaron a fichar a periodistas jóvenes y evitaron la salida precipitada de los veteranos. Las plantillas de las redacciones no volvieron a las dimensiones anteriores, pero al menos se recuperó la cadena formativa tradicional. Los acuerdos de los grupos de comunicación con las empresas de IA para el uso de sus contenidos, que generaron ingresos adicionales en el sector, ayudaron a consolidar el nuevo enfoque.

Este cambio de estrategia, que tuvo un efecto contractivo en la ratio de productividad del sector, no significó que las empresas de comunicación renunciaran a mejorar la calidad y la cantidad del trabajo a través de la inteligencia artificial. Al contrario. Con distinto tono y ritmo, en los últimos años la mayoría de ellas han seguido profundizando en el uso de la IA como asistente cualificado para la elaboración de piezas simples o repetitivas, la edición avanzada, el apoyo en funciones creativas, la personalización de contenidos y de publicidad, o la optimización de redes sociales, siempre bajo un estricto control de los profesionales. La regulación en la Unión Europea, aunque criticada por su rigidez, también ha contribuido a sosegar el debate sobre las implicaciones éticas, los derechos de autor y el uso indebido de la inteligencia artificial en los medios.

Por otra parte, los errores y alucinaciones propios de la primera fase de la IA generativa han ido disminuyendo con el uso, especialmente desde que las empresas han descubierto que emplear distintas plataformas de inteligencia artificial en misiones de vigilancia mutua reduce al mínimo la posibilidad de error. Además, con el tiempo, la IA también ha aprendido a decir «no lo sé».

Prácticas fraudulentas

Donde menos se ha avanzado en los últimos años es en el tema de la transparencia. Los medios de comunicación siguen siendo reacios a explicar con detalle cómo utilizan la inteligencia artificial en sus informaciones y se niegan, por lo general, a colaborar con las agencias verificadoras de IA. Este oscurantismo ha sido caldo de cultivo fértil para el surgimiento, esporádico pero significativo, de prácticas fraudulentas en el sector, como la creación de corresponsalías ficticias, la difusión en televisión y en radio de vídeos y audios fabricados con avatares y voces sintéticas o la publicación de reportajes con fuentes completamente falsas. Nada nuevo bajo el sol. En casos como estos vienen a la memoria episodios poco edificantes del periodismo del siglo XX, como el reportaje imaginario del Washington Post que ganó un Pulitzer o las entrevistas inventadas con famosos del periodista suizo Tom Kummer.

Para terminar, he pedido a mis tres plataformas de inteligencia artificial preferidas que me resuman en una cita cuál es su papel actual en los medios de comunicación. La que más me ha gustado: «La IA es como la luz del sol: ilumina la información, pero crea sus propias sombras».

En resumen, la influencia de la inteligencia artificial generativa en los medios de comunicación en estos diez años ha sido crecientemente significativa y, vista en su conjunto, con sus pros y sus contras, ha mejorado la calidad y la productividad del sector. Los excesos iniciales se han depurado y la IA se sienta ya por derecho propio en la mesa de herramientas imprescindibles del periodismo mundial.

 

 

 

Deja un comentario

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad