Fernando Saiz. 10 de septiembre de 2014

Como en la frase ritual de la sucesión monárquica, en el Banco Santander nunca hay una presidencia sin Botín. Tras el inesperado fallecimiento del patriarca (los poderosos se mueren como los demás, que dice un amigo), el Consejo de Administración ha decidido, a petición de la Comisión de Nombramientos, nombrar a su hija, Ana Patricia Botín, nueva presidenta ejecutiva de la entidad.

No había otro nombre sobre la mesa. Aunque él siempre negaba que se fuera a retirar, Emilio Botín llevaba muchos años muñendo la sucesión. Ana Patricia, su primogénita, era la elegida. Harvard, JP Morgan, Santander Investment, Banesto, Santander UK... Toda su carrera había sido cuidadosamente planificada para alcanzar la presidencia del banco y así ha terminado siendo, por más que el desenlace se haya producido de forma dolorosa, abrupta e imprevista.

En el camino, la estrategia sucesoria familiar tuvo algún tropiezo, como cuando en 1999 Ana Patricia abandonó sus responsabilidades ejecutivas en el entonces recién creado BSCH (la fusión de Santander y Central Hispano), tras un reportaje aparecido en el suplemento dominical de 'El País' en el que se sugería que ella sería la sucesora, en detrimento del consejero delegado Ángel Corcóstegui. Pero su padre sabía que era cuestión de esperar y cuando se desembarazó de todos sus aliados del Central Hispano (tardó tres años en echar a Corcóstegui, el que más aguantó, envuelto con el lazo de la mayor indemnización jamás vista en este país) recuperó a su hija para la causa corporativa y la nombró presidenta de Banesto.

Emilio Botín fue un genio de la banca. Solo así se explica que en su 28 años de presidencia consiguiera transformar un banco casi regional (en 1986 era el sexto de España, más o menos el equivalente a lo que sería hoy el Banco Sabadell) en la mayor entidad financiera de la zona del euro. Fue, sobre todo, un especialista en forjar acuerdos. Guiado por su instinto, extendió su red a golpe de fusiones y adquisiciones, y hoy en día el banco está firmemente implantado en diez países de Europa y América y hace negocios en cuarenta mercados de todo el mundo. También desarrolló una gran habilidad para conectar con el poder político. Él fue el que en enero de 1996, a pocos meses de las elecciones generales que ganó el PP, le organizó y le pagó a José María Aznar un viaje a Londres para que se presentara en sociedad ante los inversores de la City de Londres. Botín trabó asimismo una buena relación con José Luis Rodríguez Zapatero, que le retribuyó adecuadamente con el indulto de su mano derecha en el banco, Alfredo Sáenz, en una de sus últimas decisiones como presidente del Gobierno.

Pero Emilio Botín también tenía sus limitaciones y contradicciones. Su omnipotencia, su sentido patrimonialista del banco, su desdén por las buenas prácticas de gobierno corporativo y su nulo dominio del inglés le convertían en un gestor anacrónico, propio de otros tiempos. Una anécdota: hasta hace no mucho, Emilio Botín usaba un teléfono móvil de los antiguos que en su parte trasera tenía pegado un papel con los números de teléfono de sus allegados.

Ana Patricia tiene edad, carácter y formación para superar esos hándicaps. Botín ha muerto, ¡viva Botín!