anuncio medicinas Fernando Saiz. 7 de enero de 2014

Los comienzos de año nos inspiran deseos tiernos y objetivos imposibles. Pero a partir de cierta edad uno ya no tiene ganas de proponerse eso de ir al gimnasio a quitarse la lorzas, dedicar más tiempo a los niños que ya no lo son, aprender inglés de verdad, sonreír al vecino que nunca saluda o reírle los chistes al esaborío de tu cuñado. En lugar de gastar pólvora inútil, yo este año he repasado mis contradeseos, las cosas que más rabia me dan y que me gustarìa que desaparecieran. A ver si con el conjuro de la palabra podemos cambiar algo el mundo que nos rodea. Por estricto orden de indignación (de mayor a menor), son las siguientes:


  • La consigna con la que acaban todos (¡todos!) los anuncios de televisión sobre medicamentos desde hace un par de décadas. "Lea las instrucciones de este Medicamento y consulte al Farmacéutico", dice una y otra vez, como una maldición bíblica, el cartelón de letras blancas sobre fondo azul y terribles iconos gráficos. Aun a riesgo de que me llamen esteta, odio esa eme y esa efe mayúsculas completamente innecesarias y me horripilan los dibujitos que acompañan el texto y que no pasarían un examen de Primaria. La mano y el papel con letra temblorosa, el matraz de laboratorio a medio llenar, el señor en bata... Puaj. No sé quién es el responsable de tal agresión audiovisual al pueblo llano, pero alguien debería hacer algo para que no acabemos odiando el Fluimucil Complex, que es de lo más moderno contra el resfriado, o el mucho más viejuno Vicks Vaporub. ¿Qué tal un 'restyling' a fondo? O mejor, una ejecución tras juicio sumarísimo. 

 

  • Los discursos navideños de nuestros representantes y políticos. El mensaje casi siempre insustancial del Rey ya es lo de menos; el problema es que los presidentes de las comunidades autónomas toman ejemplo y van camino de escribir un tratado sobre cómo decir menos cosas en quince minutos. Los medios de comunicación, que no tienen otra cosa de que hablar en estas fechas, les dan bola, y así pasa, que al año siguiente repiten todos, satisfechos con su innata capacidad para traspasar las pantallas y llegar al corazón de sus conciudadanos. Angelitos.   

 

  • La gerontocracia empresarial.española. Me he entretenido en echar la cuenta de la edad de los presidentes de las diez principales empresas españolas (digamos que BBVA, Caixa Bank, Gas Natural, Iberdrola, Inditex, Repsol, Santander, Telefónica, Mercadona y El Corte Inglés) y sale una media de 71,2 años. Ninguno baja de los 60, cinco de ellos superan con creces los 70 y sólo dos (Ignacio Sánchez Galán y Juan Roig) no llegan a la edad de jubilación, y por los pelos. En fin, que méritos tendrán, no digo que no, pero habrá que pensar en ir haciendo hueco a los que vienen empujando, que luego nos ponemos a hablar del nuevo modelo productivo y del valor de la innovación, bla bla bla, pero de renovar a los que mandan ni mu. Porque además de directivos provectos, los antedichos llevan, salvo contadas excepciones, una pila de años en el cargo y están más vistos que Ana Rosa Quintana en la portada de 'AR'.

 

  • Las tertulias deportivas de la televisión. Esto también tiene tela. Admito que es un espectáculo hipnótico. Reconozco que, de vez en cuando, caigo en trance y me quedo atrapado en la madrugada. Pero si se miran con una cierta distancia, estos programas son un espejo cruel del sectarismo nacional y de la degradación de la profesión periodística. Como analgésico moral, yo prefiero pensar que esos señores, y algunas señoras, que salen cada noche a lanzar dentelladas dialécticas a la garganta a sus presas, son actores. No muy buenos, quizás, pero actores. Asumen un papel, lo defienden con argumentos no siempre inteligibles ni inteligentes (el guión suele ser flojo) y dan la réplica a otros histriones que también tienen un rol muy definido en la representación. Hay dos de estos actores que me fascinan. Uno es un señor (me perdonarán que no diga nombres) que está siempre enfadado. Siempre. Diga lo que diga, pase lo que pase. A ese hombre hay que hacerle un monumento por su perseverancia en el empeño dramático. Porque no quiero ni imaginar que sea así fuera de los platós; su vida sería un infierno. El otro es, por el contrario, un tipo campechano y jovial, de esos que te llevarías siempre a tomar unas copas, y dice todo tipo de burradas con gran profundidad metafísica. Este perla, más que actuar, sobreactúa, y lo hace de manera tan convincente que no sabes si abrazarle o mandarle a Guantánamo. En fin, una ópera bufa en toda regla.

 

  • La pelea de marketing a muerte entre el "estamos mejor" y el "no vamos bien". Cualquier dato estadístico de la coyuntura económica es ferozmente manipulado por capuletos y montescos, que utilizan argumentos simétricos y perfectamente contradictorios de un mes para otro ante la perplejidad de la opinión pública. Que un mes sale bien el paro y mal la afiliación a la Seguridad Social, pues toda la artillería mediática en una dirección y la contraria. Que al mes siguiente es al revés, pues no hay problema: los cañones invierten su posición y disparan contra lo que poco antes habían defendido. Que las dos cosas salen bien o mal, pues nada, se recurre a los datos desestacionalizados, o a los interanuales, o a ambas cosas a la vez, y ya está arreglado. Que tampoco así salen las cuentas, tiramos hacia atrás la legislatura lo que haga falta hasta que cuadren. Que siguen sin darnos la razón, pues los comparamos con la EPA o con los de los países europeos o los de la OCDE... Así hasta el infinito. Qué cansinos. Y eso que no hay elecciones generales cerca.

 

Cinco desahogos, no está mal. Me salen bastantes más, pero tampoco es cosa de empezar el año despotricando, ¿no?

 

 

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Comentarios (2)
2 Viernes, 31 de Enero de 2014 18:06
FSaiz
Sí, Mariángeles, la lista puede ser interminable. La elucubración sobre la destitución de Pedro Jota también estaría nominada.
1 Miércoles, 08 de Enero de 2014 22:33
María Ángeles Samperio
No está mal la reflexión para comenzar el año. Yo añadiría todos los concursos televisivos tipo masterchep, tu cara me suena, la voz... No puedo con ellos.

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